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Afecto contra la pandemia En cuarentena le empezó a cocinar a su vecino y terminaron haciéndose amigos: “La comida es amor materializado”

Afecto contra la pandemia  En cuarentena le empezó a cocinar a su vecino y terminaron haciéndose amigos: “La comida es amor materializado”

Como Carolina, son muchos los que empezaron a hacer porciones extra para enviárselas a otras personas. El placer de compartir y sentirse más cerca en tiempos de aislamiento. El primer paso lo dio ella. Carolina cruzó la calle de Palermo en la que vive y le tocó el timbre a Pochi, el vecino más viejo de

Como Carolina, son muchos los que empezaron a hacer porciones extra para enviárselas a otras personas. El placer de compartir y sentirse más cerca en tiempos de aislamiento.

El primer paso lo dio ella. Carolina cruzó la calle de Palermo en la que vive y le tocó el timbre a Pochi, el vecino más viejo de la cuadra. Era marzo, la cuarentena recién empezaba en Buenos Aires, y el foco estaba especialmente puesto en que los adultos mayores no salieran de sus casas para nada: de 60 años para arriba, alcanza con la edad para ser grupo de riesgo ante el coronavirus. Pochi, a sus 86, dijo que muchas gracias pero que no, que no necesitaba que ella se ocupara de hacerle las compras.

“Hasta que en un momento se animó. Me tocó el timbre y me pidió que le hiciera algunas compras. Desde ese momento le hago algunos mandados y también hablamos por teléfono para saber cómo está. Y en el medio de todo eso, como soy pastelera y me gusta cocinar en general, un día le pregunté si quería comer algo rico, alguna receta. Me pidió un budín de pan y lo hice con la receta de mi papá, que ya no está: es con cascarita de limón. Ahí se me movió algo y a él también, porque le encantó y lo agradeció mucho. Ahí empezó lo de la comida”, dice Carolina.

“Lo de la comida” es una práctica que se volvió frecuente en tiempos de aislamiento. Son tuppers que van y vienen: en la mochila-caja de un repartidor contratado a través de una app, en remise, caminando si la entrega es a pocas cuadras de la cocina en la que se pergeñó esa especie de regalo con sabor a manos que amasan; a lo pensado especialmente según el gusto de quien recibe; a lo artesanal. Un tupper en el que viaja una comida pero también una intención: la del acercamiento a pesar del distanciamiento obligatorio.

“La comida es el amor materializado en un plato de olla, un budín o una torta. Cuando cocino te estoy dedicando tiempo, esfuerzo, ganas de que disfrutes de algo rico, y el plato está atravesado por esas ganas de que te llegue el mimo. La comida trae recuerdos de la infancia, olores que te hacen viajar en el tiempo y te llevan a lugares en los que fuiste feliz. No me parece casual que en medio de una pandemia estemos repartiendo platos contundentes, recetas familiares, locros, guisos, pastas amasadas a mano o tortas”, reflexiona Carolina.

Carolina y Pochi se hicieron amigos en cuarentena: la comida forjó el vínculo.

Carolina y Pochi se hicieron amigos en cuarentena: la comida forjó el vínculo.

Al budín de pan le siguieron algún pastel de papas, varias tandas de albóndigas -Pochi le da plata para que ella compre la carne, Carolina las cocina- y el plato preferido del vecino devenido en amigo: ella dice que son muffins, él los llama “budincitos”. “Nació una amistad en medio de este encierro. Antes era un ‘buen día’ o ‘buenas tardes’, y ahora somos amigos: en el plato que le mando va un mimo”, explica Carolina.

Los sobrinos de Pochi, que no viven en Buenos Aires, se comunicaron con Carolina: “Les expliqué que no había nada raro, porque es una época en la que puede sospecharse, y quedamos en contacto, me preguntan cómo estoy, les cuento sobre su tío. Me mandaron una súper picada espectacular. Y Pochi me pregunta siempre ‘¿cómo voy a pagarte todo esto?’. Yo le dije que no había nada que pagar, que somos amigos, así que lo solucionó regalándome una plantita de su casa que me había gustado y haciendo que un amigo suyo me prepare una tortilla de papas alucinante”, cuenta.

“Siempre tiene una sonrisa para mí, palabras lindas, un ‘te quiero mucho’, y todo eso nació en cuarentena, por el intercambio de amor que se pone en la cocina“, destaca Carolina.

El filósofo y ensayista Darío Sztajnszrajber reflexiona sobre ese intercambio que parece gastronómico pero que se revela afectivo. “La cuarentena fue generando distintas modalidades de encuentro con el otro. Vino la restricción que se fue resignificando porque posibilitó experimentaciones que no hubiéramos tenido en la vida pre-pandemia”, sostiene.

“A partir de la experiencia de la informática nos hemos visto arrojados a nuevas modalidades de vínculos -reflexiona Sztajnszrajber-. Pienso en el caso del sexting, que no me parece que sea un reemplazo del vínculo sino una forma de experiencia distinta, paralela, que puede potenciar. Lo que pasa es que a cinco meses de cuarentena, cierta frialdad que lleva consigo la tecnología de algún modo empieza a ser compensada. Y ahí aparece una categoría polémica del mundo de los afectos, que es la ternura: hoy está teniendo más peso que antes”, reflexiona.

Durante la cuarentena la gente cocina más. Y comparte los platos que prepara.

Durante la cuarentena la gente cocina más. Y comparte los platos que prepara.

“La posibilidad de que desde la distancia igual accedamos a ciertos gestos de ternura me parece una gran novedad. Yo ahora mismo no quiero que me manden nudes, quiero que me manden mimos. No quiero grandes elucubraciones verbales por audio de WhatsApp, quiero ternura. Entonces la pregunta es cómo seguir siendo tiernos desde las posibilidades que hoy tenemos: lo casero es fundamental porque la ternura tiene que ver con los gestos. Lo casero es lo no industrial, lo singular, lo pensado para alguien. La comida supone al mismo tiempo lo primario, porque todos necesitamos comer, y a la vez, un lugar para el placer. Tiene que ver con algo familiar, cariñoso. ¿Por dónde pasa el amor hoy? Este, el de la comida, es un lugar clave”, suma el filósofo.

Micaela copió la idea de su mamá, que un sábado le hizo llegar una pastafrola de membrillo casera y una tortilla de papas a través de su tío, que es veterinario y tiene permiso para circular. “Me hizo sentir como si estuviera comiendo con ella, en su casa, como hacíamos siempre. Y me dio ganas de que otros sintieran lo mismo. Así que, como vivo sola, cuando cocino alguna receta que me gusta siempre hago de más: carne al horno, sopa de calabaza, budines de limón, berenjenas en escabeche, que empecé a hacer en cuarentena con la receta de mi mamá y mi abuela. O tortas como la key lemon pie, que también aprendí a hacer estos meses”, explica Micaela, que vive en Villa Crespo.

Tiene amigas de lo dos lados de la General Paz, porque se crió en la zona Norte del Gran Buenos Aires, pero los paquetes llegan sólo a las que viven en la Ciudad: “Se encarecen mucho los envíos pasando Puente Saavedra, así que eso va a tener que esperar. Pero mandé varias cosas por Rappi y también fui a llevarle a una amiga que vive a cuatro cuadras: dejo el paquete en el puesto de vigilancia y me voy”, describe.

Sopa de calabaza fue uno de los platos que compartió Micaela. En este caso, con una amiga que vive cerca de su casa.

Sopa de calabaza fue uno de los platos que compartió Micaela. En este caso, con una amiga que vive cerca de su casa.

“Para mí la cocina siempre fue una forma de demostrar interés, cariño ​-sostiene Micaela-. Es como una caricia al otro sin estar. Incluso cuando se podía hacer reuniones, disfrutaba de cocinar algo rico a mi familia o amigos. Para los argentinos la comida es excusa de encuentro, y como ahora no se puede, sigue uniendo a través de hacer algo para el otro. Dedicar tiempo y amor, más allá de que un regalo también es algo lindo, pero esto es algo casero y eso te pone cerca de personas que querés mucho”.

Agustina tenía planes para el domingo 22 de marzo: iba a amasarle tallarines a su sobrina Catalina, fanática de ese plato. El decreto que instaló la cuarentena derribó ese proyecto. Y creó otro. “Cuando vi que el aislamiento venía para largo se me ocurrió amasarle los tallarines a mi sobrina y mandárselos con un remise”.

Ese fue el primer envío de comida, al que le siguió otro más masivo: “Cumplo años el 7 de julio y para esa fecha siempre me gusta hacer comidas grandes. Lentejas, ravioles caseros y locro. Este cumple lo iba a pasar sola con mis hijos y me pareció que mandar locro a otras personas era una forma de que todo siguiera igual más allá de estar aislades”, cuenta Agustina.

Hizo locro para treinta familiares y amigos: “Fue una manera de sentir que estaban conmigo, festejando en casa -describe Agustina-. Lo mandé en remise y algunos lo pasaron a buscar. No podemos abrazarnos ni tocarnos pero me hizo sentir que era un cumpleaños cercano, y fue una forma de decir ‘te quiero’. Mandar o recibir comida casera te hace sentir que ocupás un lugar en la vida de esa otra persona, que esa persona te contó para esa comida”.

Agustina hizo locro para treinta personas el día de su cumpleaños: mandó porciones en remise.

Agustina hizo locro para treinta personas el día de su cumpleaños: mandó porciones en remise.

Rosalía Álvarez es psicóloga y miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA). “Estamos observando que muchas personas están tendiendo a la angustia y la depresión tras más de cinco meses de aislamiento. La pantalla ya implica una separación de los otros difícil de soportar. Es muy necesaria la presencia palpable de ese otro pero seguimos privados de besos y abrazos”, sostiene.

¿Por qué la comida para estar con otros? “La función de comer es nutritiva, el apetito es una defensa frente a la angustia y la depresión. Pero además el platito de comida que preparó mamá, papá o una amiga es una muestra de amor. Por eso estamos viendo tantos desayunos para los cumpleaños. Todo esto que estamos viviendo genera un sentimiento de vacío importante, y la comida es una experiencia que da la sensación de llenar un vacío“.

Aldana Boragnio, doctora en Sociología e investigadora del Instituto Gino Germani, explica: “La nuestra es una sociedad muy ligada a la comida y a juntarnos para compartirla. Las reuniones siempre son alrededor de un plato: compartir es el eje central de la manera en la que comemos. A la vez, hacer algo con nuestras manos implica dedicar tiempo y actividad a ese otro que va a recibirlo. Es algo ligado a un vínculo amoroso en el que se busca darle placer al que va a recibir nuestro envío. Mandamos una receta que pensamos especialmente para ese otro, o algo que nos salió tan bien que lo queremos compartir”.

Todo eso hay detrás de los guisos, las tortas, los locros, las carnes a la cacerola y los budines que van empaquetados por la Ciudad.

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