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Estados Unidos imita la planificación china

La corriente central del flujo de capitales del siglo XXI se traslada inequívocamente de Occidente a Oriente, de EE.UU. a China/Asia.

La República Popular recibió el año pasado inversiones por más de U$S800.000 millones; y esto hizo que el stock de bonos y acciones de sus mercados bursátiles – Shenzhen/Shanghai/Hong Kong – aumentaran más de 40% en ese periodo.

Esto ocurrió a pesar de que la pandemia del coronavirus surgió en China en el primer trimestre de 2020, y que el nuevo gobierno demócrata de Joe Biden exacerbó la competencia estratégica con ella, ejecutando hasta en sus detalles la política de Donald Trump respecto a la República Popular, formulada en la “Estrategia de Seguridad Nacional de EE.UU” de diciembre de 2017.

Este documento central de la estrategia norteamericana considera a China su principal contrincante geopolítico en el siglo XXI, y la califica como “… una amenaza letal para los intereses vitales norteamericanos”, sobre todo en el terreno decisivo de las tecnologías de avanzada de la 4ta revolución industrial, definidos por el gobierno de Beijing en su programa “Made in China 2025”.

Los inversores del exterior han comprado activos chinos por U$S35.300 millones en lo que va del año a través de las plataformas que ligan a Hong Kong con Shanghai y Shenzhen, que implican un auge de 49% respecto a los niveles de igual periodo del año anterior.

Al mismo tiempo, los inversores extranjeros han adquirido en esta misma etapa más de U$S75.000 millones en títulos del Tesoro de la República Popular, que representan un alza de 50% en relación a 2020.

Este es el nivel más alto y el ritmo más acelerado de ingreso de capitales en la República Popular de su historia a contar de 1978.

La razón de este fenómeno es una decisión deliberada de la conducción del Partido y del Estado de responder a la ofensiva lanzada por Donald Trump con una apertura prácticamente completa al capital extranjero.

Lo notable es que la contra-estrategia china tuvo su éxito más resonante el año pasado, cuando fue la única gran economía del mundo que logró crecer (2,3%), a pesar de la pandemia del coronavirus.

China se expandió +18.6% anual en el primer trimestre de 2021, y 12,6% en los primeros seis meses del año.

Por eso, tanto el Fondo Monetario Internacional (FMI) como el Banco Mundial (BM) estiman que la segunda economía del mundo crecería 8,5%, o más, en estos 12 meses.

Esto sucede a pesar de que JP Morgan y Goldman Sachs coinciden en que la tasa de expansión sería de 9% o más, y por lo tanto la mayor del sistema global en 2021.

Uno de los motivos de la extraordinaria atracción para los capitales del mundo de la República Popular es la inclusión de los activos en renminbi en los índices globales de bonos y acciones. Estos índices globales transaron más de U$S60 billones en 2020.

El índice FTSA Russell fue el último de los grandes indicadores del sistema financiero global que incluyó los títulos del Tesoro de la República Popular; lo que incorporaría más de U$S130.000 millones a su sistema doméstico en los próximos 6 meses.

Esto llevaría el total de los activos chinos en manos de inversores extranjeros a U$S578.000 millones en 2021, cifra que a este ritmo se triplicaría en los próximos 24 meses.

Por eso, como consecuencia de este fenomenal flujo de capitales es que el renminbi se aprecia cada vez más frente al dólar estadounidense. La divisa china valía RM 6.4052 frente al dólar el 25 de mayo, que equivale a un alza de 10% en un año.

Lo asombroso es que al tiempo que la República Popular se ha transformado en el centro de atracción de los capitales del mundo, amplía su mercado doméstico y profundiza su integración estructural con el capitalismo avanzado, en especial con EE.UU, su principal competidor estratégico en el siglo XXI.

Es un hecho que EE.UU. – gobierno demócrata Joe Biden mediante – hace exactamente lo contrario; y para competir con China en términos geopolíticos apuesta a una política industrial de incentivos al capitalismo avanzado, duplicada con una planificación centralizada de recursos, que imita a la República Popular, una organización reconocidamente “marxista-leninista”.

El Senado de EE.UU aprobó el 8 de junio por amplia mayoría bipartidaria (68 a 32) un paquete de U$S190.000 millones destinados a impulsar las tecnologías de avanzada de la Cuarta Revolución Industrial (CRI). Es la denominada “Ley de Innovación y Competencia de EE.UU”, que son las que la República Popular ha desarrollado a través del programa “Made in China 2025”.

China apuesta a profundizar su propio camino que lleva a integrar el Imperio del Medio en el capitalismo más avanzado. Esta es su originalidad histórica, que demuestra una fe extraordinaria en su destino como nación. Por su parte EE.UU., experimentando una crisis de confianza en sí mismo, seguramente provisoria, cambia de rumbo e imita la vía de la República Popular.

El gran reaccionario francés Antoine de Rivarol dijo: “lo contrario del jacobinismo no es un jacobinismo de signo contrario, sino la grandeza y la unidad de Francia”. Es imprescindible que EE.UU. recupere la fe en su extraordinaria grandeza y destino histórico.

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