Si bien la comunidad es “prácticamente vecina del pueblo”, Campos detalló que existe una suerte de división del territorio wichí, de aquel que es criollo. Cerca de 250 familias viven en la comunidad y “como vecinos a veces nos toca esta situación. Hay momentos que anda tomando (bebidas alcohólicas) la gente, y las chicas de aquí también, y pasan estas cosas. De mi comunidad hay padres que no pueden controlar a hijos e hijas que andan en borracheras y son familias bien humildes”, afirmó. En el caso de la familia de la chica que fue víctima del abuso, indicó que se trata de una mamá sola con varios hijos “que vive en un rancho, como todos”. La chica víctima de la violación había sido mamá hace poco.

Si bien ambos referentes reconocieron que “nadie tiene derecho a hacer daño a nadie”, insistieron en el contexto de una complicada vulnerabilidad de los chicos y jóvenes de la comunidad.

Como ejemplo, Pizarra indicó que en la escuela secundaria ingresan entre 40 y 50 niños y niñas en primer año. Pero en esta segunda camada del secundario de la comunidad, solo lograrán recibirse entre cinco y seis chicos. Hay un terciario docente en donde solo “una chica está por ser maestra”.

Pizarra afirmó que desde siempre se pidieron capacitaciones o alguna enseñanza de oficios para los integrantes de la comunidad, como para poder de apuntalar a los jóvenes. “Pero nunca nos llega nada”, dijo. “No tenemos con qué entretener a la juventud”, concluyó.